La asistenta
La asistenta —Lo soñé —responde Cecelia, con voz grave.
La casa está aprendiendo a hablar.
Millie entiende entonces que el juego no puede seguir. Que el horror, por más justo que parezca, está empezando a deformarlo todo. Ya no están castigando a un monstruo. Están criando uno nuevo.
Deciden actuar.
Una noche, mientras Andrew duerme, lo suben al coche. Nina maneja. Millie va atrás. En el asiento de al lado, una jeringa lista.
Lo dejan en la puerta de un hospital psiquiátrico. Sin documentos. Sin historia. Solo con una carta firmada por Nina, donde se declara incapaz, peligroso, esquizofrénico.
—Nadie te va a creer —le dice Millie antes de irse—. Ahora sÃ, estás encerrado.
Y esta vez, la puerta no tiene manija por dentro.
Las semanas pasan. La casa se vacÃa de tensión. Enzo sonrÃe por primera vez. Cecelia duerme sin murmurar en sueños. Nina se va de viaje con su hija. Millie se queda sola.
Libre.
El dÃa que empaca sus cosas, encuentra la foto original de Wendy, la primera empleada. La guarda. No como trofeo. Como recordatorio.
Cuando cierra la puerta, por primera vez no siente miedo.