La asistenta
La asistenta Millie empieza a entender la verdad más importante de todas: en esa casa, nada es accidental. Ni las reglas. Ni las miradas. Ni el encierro.
Y cada vez que se acuesta en esa cama, siente que está durmiendo dentro de una caja cerrada. Esperando a que alguien eche la llave.
La rutina se instala como una niebla en la mansión Winchester, espesa, envolvente, engañosamente tranquila. Millie limpia, cocina, recoge los restos de una familia que aparenta normalidad mientras se derrumba desde adentro. Pero hay algo más oscuro que la suciedad en la vajilla o los juguetes esparcidos por el suelo. Es la violencia sutil, esa que se arrastra por los pasillos en forma de silencio incómodo.
Nina ya no oculta su desequilibrio. Cambia de humor con brutalidad desconcertante: le pide que le prepare té y, cuando se lo entrega, lo arroja contra la pared acusándola de querer envenenarla. Le suplica ayuda con lágrimas falsas y luego le grita por respirar demasiado fuerte. Pero lo peor no es el descontrol.
Lo peor es que Andrew no ve nada. O no quiere ver.
—No te preocupes —le dice él una noche mientras la acompaña a la cocina—. Nina está pasando por un mal momento. Te necesita más de lo que crees.
