La interpretación de los sueños

La interpretación de los sueños

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Guiándonos por nuestras últimas deducciones, interpretaremos la intensidad con que este sueño evidencia su absurdidad como indicio de una polémica particularmente empeñada y apasionada en las ideas latentes. Pero comprobamos con singular asombro que dicha polémica se desarrolla aquí abiertamente y que el padre es francamente designado como la persona a la que van dirigidas las burlas. Tal franqueza parece contradecir nuestros asertos sobre la actividad de la censura durante la elaboración onírica. Pero esta singular circunstancia queda aclarada cuando descubrimos que el padre no es sino una figura encubridora y que la persona combatida es otra, mencionada únicamente en el sueño por una alusión. Lo general es que nuestros sueños nos muestren en rebelión contra personas ajenas a nosotros, detrás de las cuales se esconde la de nuestro padre; pero en este ejemplo hallamos la situación inversa, y es el padre el que se constituye en encubridor de otros. Por este motivo puede aludir aquí abiertamente el sueño a la figura paterna -sagrada para él en toda otra ocasión-, pues en el fondo existe la convicción de que no se refiere realmente a ella. La motivación del sueño es la que nos descubre este estado de cosas. En efecto: el día anterior me habían dicho que un colega, más antiguo que yo en la profesión y cuyos juicios eran generalmente acatados, había expresado su disconformidad y su asombro al saber que uno de mis pacientes llevaba ya cinco años sometido a tratamiento psicoanalítico. Las frases iniciales del sueño indican, bajo un trasparente encubrimiento, que dicho colega tomó a su cargo durante algún tiempo los deberes que mi padre no podía ya cumplir (pago, asistencia en el hospital), y cuando nuestras relaciones de amistad comenzaron a enfriarse surgió en mí aquel mismo conflicto sentimental que en las diferencias con nuestro padre es provocado por el reconocimiento de todo lo que él mismo ha hecho antes por nosotros. Las ideas latentes se defienden con gran energía contra el reproche de que no avanzo con toda la rapidez que debiera, reproche que se refiere primero al tratamiento de mi paciente y se extiende luego a otros temas distintos. ¿Conoce acaso mi colega alguien que pueda avanzar más de prisa en estas cuestiones? ¿Y no sabe que esta clase de estados patológicos se consideran incurables y duran toda la vida? ¿Qué son cuatro o cinco años comparados con la vida entera, sobre todo cuando, como sucede en este caso, ha logrado el tratamiento hacer mucho menos penosa la existencia del enfermo?


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