Lo inconsciente

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Este mismo mecanismo encuentra poco después una distinta aplicación. Como ya sabemos, el proceso represivo no termina aquí, y encuentra un segundo fin en la coerción del desarrollo de angustia emanado de la sustitución. Esto sucede en la siguiente forma: todos los elementos que rodean a la idea sustitutiva y se hallan asociados con ella, reciben una carga psíquica de extraordinaria intensidad, que les confiere una especial sensibilidad. De este modo, la excitación de cualquier punto de la muralla defensiva formada en torno de la idea sustitutiva, por tales elementos, provoca, por el enlace asociativo de los mismos con dicha idea, un pequeño desarrollo de angustia, que da la señal para coartar, por medio de una nueva fuga, la continuación de dicho desarrollo. Cuanto más lejos de la sustitución temida se hallan situadas las contracargas sensibles y vigilantes, más precisamente puede funcionar el mecanismo que ha de aislar a la idea sustitutiva y protegerla contra nuevas excitaciones. Estas precauciones no protegen, naturalmente, más que contra aquellas excitaciones que llegan desde el exterior y por el conducto de la percepción a la idea sustitutiva, pero no contra la excitación instintiva, que partiendo de la conexión con la idea reprimida, llega a la idea sustitutiva. Comienzan, pues, a actuar cuando la sustitución se ha arrogado por completo la representación de lo reprimido, sin constituir nunca una plena garantía. A cada intensificación de la excitación instintiva, tiene que avanzar un tanto la muralla protectora que rodea a la idea sustitutiva. Esta construcción, queda establecida también, de un modo análogo, en las demás neurosis, y la designamos con el nombre de fobia. Las precauciones, prohibiciones y privaciones, características de la histeria de angustia, son la expresión de la fuga ante la carga consciente de la idea sustitutiva.


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