Los origenes del psicoanalisis

Los origenes del psicoanalisis

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Viena, 27-4-95.

Hoy llegó tu tan esperada carta, que me procuró un profundo placer. En ella se respira salud, trabajo y progreso. Yo estoy, naturalmente, curioso de enterarme de todas las novedades…

Este alejamiento y el consiguiente carteo es una real pero irremediable calamidad. Especialmente para alguien que, como yo, escribe tanto y sufre ocasionalmente de horror calami

Científicamente me va muy mal, pues estoy tan atollado en la «Psicología para neurólogos» [Proyecto de una psicología. T.] que me consume por completo, al punto de verme obligado a interrumpir el trabajo por puro agotamiento. Nunca he estado tan intensamente preocupado por cosa alguna. ¿Y qué saldrá de todo esto? Espero que algo resulte; pero el progreso es arduo y lento.

Los casos de neurosis son ahora muy raros, y mi práctica profesional aumenta en intensidad, pero disminuye en extensión. [Estoy ocupado con] una multitud de pequeñeces. Te enviaré unas páginas para Mendel sobre un caso de trastorno sensitivo descrito por Bernhardt que yo también sufro[212]. Es un mamarracho, por supuesto, destinado sólo a dar a la gente algo en qué pensar. Löwenfeld me ha atacado en la entrega de marzo de la Münchner Medizinische Wochenschrift; le contestaré con unas pocas páginas en lo de Paschkis[213], y así sucesivamente.


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