Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis Viena, 31-10-95.
Es cierto que estoy muerto de cansancio, pero me siento obligado a escribirte antes de que termine el mes; ante todo, sobre tus últimas comunicaciones científicas, que han sido bien venidas, incluso como índices del alivio de tus cefaleas[240].
Primera impresión: me admiro de que exista alguien que sea un fantaseador aún más consumado que yo y que ese alguien resulte ser justamente mi amigo Wilhelm. Conclusión final: propósito de devolverte esos papeles para que no se pierdan. Entre tanto, me has convencido; terminé diciéndome que sólo un «especialista universal» como tú podría haberlo escarbado…
Todavía no quisiera contraer deudas a cuenta de mi propio millón[241]. Creo realmente que el conjunto está acabado, pero me resuelvo a confiar en las partes integrantes; no ceso de intercambiarlas por otras, y todavía vacilo en someter el conjunto al juicio de un sabio. El que ya tienes en tus manos es también un trabajo parcialmente superado —lo emprendí como ensayo más que otra cosa—, pero espero que a la postre algo resulte de él. Por el momento me siento como agotado, y en todo caso tendré que dejar de lado ese trabajo durante dos meses, porque antes de 1896 debo concluir sin falta las Parálisis infantiles para Nothnagel…, y todavía no tengo una sola palabra puesta en el papel.
