Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis Siempre he respetado tu opinión, aun cuando se dirigiese a mi psicología. Tengo muchas ganas de reasumir dentro de algunos meses el trabajo interrumpido, emprendiéndolo esta vez con una paciente y crítica minuciosidad. Hasta ahora tampoco tú podrías concederle algo más que el elogio del voluisse in magnis rebus[250]. ¿Realmente crees que debería llamar la atención sobre ese balbuceo por medio de una comunicación preliminar? Por mi parte, considero que será mejor reservárnoslo hasta ver si algo definitivo resulta de ello. Quizá deba conformarme, a la postre, con la aclaración clínica de las neurosis.
En cuanto a tus descubrimientos en fisiología sexual, sólo puedo prometerte mi mayor atención y mi admiración crítica, pues mis conocimientos son demasiado limitados como para inmiscuirme. Anticipo, sin embargo, las más hermosas e importantes revelaciones y espero que cuando haya llegado el momento no dejarás de dar pública expresión incluso a tus hipótesis. No es posible prescindir de los hombres que tienen la audacia de pensar lo nuevo aun antes de poder señalar dónde está.
Por cierto que muchas cosas serían distintas si no estuviésemos separados por la distancia geográfica. No me preocupa la prioridad de la «constancia psíquica». Tienes razón: bajo ese término suelen comprenderse cosas harto distintas.
Llegan visitas, así que debo concluir esta carta.