Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis La interpretación completa sólo se me ocurrió después que una feliz casualidad me volvió a confirmar esta mañana mis teorías sobre la etiología paterna. Ayer comencé el tratamiento de un nuevo caso, una joven a la que por falta de tiempo preferiría disuadir de proseguirlo. Tuvo un hermano que murió demente, y su síntoma principal, el insomnio, data del momento en que oyó alejarse el coche que lo llevaba al manicomio. Desde entonces tiene miedo de viajar en coche y está convencida de que ocurrirá un accidente. Años después, mientras viajaba en un coche, los caballos se espantaron y ella aprovechó la oportunidad para saltar y fracturarse una pierna. Hoy me dice que ha estado pensando en el tratamiento y que ha descubierto un obstáculo. «¿Cuál es?» «A mí misma puedo pintarme con los colores más negros que sean necesarios, pero debo respetar a los demás. Tendrá que permitirme usted que no mencione ningún nombre». «Los nombres no importan; usted se refiere, sin duda, a sus relaciones con las demás personas, pero me temo que no podamos dejar oculto nada de eso». «Lo que quiero decir es que antes el tratamiento me habría resultado más difícil que ahora, pues antes yo era ingenua, mientras que ahora se me ha revelado la índole criminal de ciertas cosas y ya no puedo resolverme a hablar de ellas». «Por el contrario, yo diría que la mujer madura adquiere mayor tolerancia en asuntos sexuales». «Sí, tiene usted razón con eso; cuando pienso que son los hombres más excelentes y más nobles los que se hacen culpables de tales cosas, llego a la conclusión de que es una enfermedad, una especie de locura, y no puedo menos que disculparlos». «Entonces hablemos claro. En mis análisis son siempre los parientes más próximos, el padre o el hermano, los hombres culpables». «Nada he tenido con mi hermano». «Así que fue con su padre». Y entonces se revela que su padre, un hombre tan noble y respetable en apariencia, solía acostarla regularmente en su cama, entre los ocho y los doce años, practicando con ella la eyaculación externa («me mojaba»). Ya entonces la paciente sentía miedo cuando eso ocurría. Una hermana, seis años mayor que ella, a la que se confió años después, le confesó haber tenido las mismas experiencias con el padre. Una prima le contó que a los quince años había tenido que resistirse contra los abrazos demasiado íntimos del abuelo. Naturalmente, no pudo mostrarse incrédula cuando yo le declaré que cosas similares y aun peores debían de haber ocurrido en su más temprana infancia. Por lo demás, se trata de una histeria muy común, con sintomatología habitual.