Los origenes del psicoanalisis

Los origenes del psicoanalisis

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… En tu carta se advierte cuán remozada está tu mente. Espero que ahora vuelvas a ser por mucho tiempo el mismo que siempre fuiste y que me permitas seguir abusando de ti como público indulgente. Tú sabes que no puedo trabajar de otro modo. Si estás de acuerdo haré lo mismo que la vez pasada, enviándote todas las anotaciones que tenga listas, con el ruego de devolvérmelas en cuanto te las pida. Dondequiera que comience, siempre me encuentro de vuelta en las neurosis y en el aparato psíquico. No es por indiferencia personal u objetiva si no consigo escribir de otra cosa. Es que todo eso hierve y fermenta en mí, aguardando sólo un nuevo empuje para salir a la luz. No puedo resolverme a redactar esa exposición global provisoria que tú me pides, y creo que mi vacilación se debe a una vaga sensación de que muy en breve habrá de agregársele algo esencial. En cambio, me domina el impulso de comenzar a escribir sobre los sueños, tema en el que me siento seguro y aun con pleno derecho, según tú mismo opinas. Apenas dedicado a esta labor, tuve que interrumpirla para terminar a toda prisa una sinopsis de mis publicaciones completas[366]. La votación debe tener lugar ya en estos días[367]. Pero ahora he terminado con todo eso y puedo volver a pensar en los sueños. He revisado un poco la bibliografía sobre el asunto y me siento como el duende celta: «¡Ay, qué contento estoy de que nadie, nadie, lo sepa!…»[368]. Nadie tiene, en efecto, la más ligera sospecha de que el sueño no es pura tontería, sino una realización de deseos.


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