Los origenes del psicoanalisis

Los origenes del psicoanalisis

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Aussee, 20-8-98.

Tus palabras han reanimado en mí los placeres de nuestro viaje. Fue realmente soberbio: la Engadina, compuesta de unos pocos elementos en líneas simples, como si fuese un paisaje posrenacentista; el paso de Maloja e Italia al fondo, con una atmósfera italiana que quizá sólo sea una proyección nuestra. Leprese se nos antojó un lugar de idílico encanto, en parte por la recepción que allí tuvimos y por el contraste que ofrece después de la ascensión desde Tirano. Este camino, que no es precisamente llano, tuvimos que subirlo en medio de la más espantosa tormenta de polvo, llegando arriba medio muertos. El aire me puso vivaz y agresivo, a un punto que raramente experimenté antes. Mil seiscientos metros de mayor altura nada pudieron contra la bondad de mi sueño.

El sol no nos molestó hasta el último día que pasamos en Maloja. Entonces comenzó a apretar el calor, aun a esa altura, y nos faltó el coraje para descender a Chiavenna; es decir, a los lagos. Creo que hicimos bien, pues pocos días después, en Innsbruck, ambos tuvimos unos accesos de debilidad casi paralizante. Desde entonces el calor aumentó todavía más, a un punto que aquí, en nuestro hermoso Obertressen, nos pasamos desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde echados en cualquier cosa, sin atrevernos a dar un solo paso más allá de nuestros reducidos dominios.


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