Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis B., 11-9-99.
Te agradezco de todo corazón tus esfuerzos. Yo mismo ya había advertido algunos descuidos y otros pasajes confusos por omisiones, pero tus restantes enmiendas han sido fielmente adoptadas… Por desgracia, otro paquete de 30 galeradas saldrá hoy, y aún está lejos de ser el último.
Por mi parte he concluido; es decir, he remitido mis últimos originales. Podrás imaginarte el estado de ánimo en que me encuentro, ese recrudecimiento de la depresión normal que sigue a la elación. Tú quizá no leas el Simplicissimus, una revista que me divierte periódicamente. He aquí la conversación entre dos militares: «Bueno, camarada, ¿así que se ha comprometido? La novia debe ser hermosa, encantadora, dulce, inteligente…» «Pues es cuestión de gustos: ¡en cuanto a mí, no me gusta nada!» Tal es, cabalmente, mi propio caso[520].
En lo que se refiere a la parte psicológica, he decidido someterme a tu juicio en cuanto a redactarla de nuevo o dejarla en su forma actual[521]. Lo referente a los sueños me parece a salvo de toda objeción; lo que en ello me disgusta es el estilo, esa total incapacidad mía de hallar la expresión noble y simple, cayendo, en cambio, en la metáfora chistosa y excesivamente figurada. Lo sé muy bien, pero la parte que en mí lo sabe y lo juzga no es, por desgracia, la parte productiva.
