Los origenes del psicoanalisis
Los origenes del psicoanalisis Viena, 8-5-1901.
Por cierto que puedes aprovechar la ocasión de mi cumpleaños para desearme la persistencia de tu vigoroso estado de ánimo y la repetición de nuestros reconfortantes interludios; por mi parte, no vacilo en apoyar altruísticamente tal deseo. Encontré tu carta en medio de otros regalos que me alegraron y que en parte estaban vinculados a ti, aunque había pedido que se pasara por alto este aniversario tan miserablemente indefinido: soy demasiado joven para un jubilado y demasiado mayor para una fiesta de cumpleaños. Tu carta me significó una de las mayores alegrías, salvo el pasaje referente a la magia, que objeto como una exageración innecesaria de tus dudas contra la «lectura del pensamiento». Yo sigo fiel a la lectura del pensamiento y sigo dudando de la «magia».
Recuerdo haber oído en alguna parte que sólo la necesidad despierta las mejores facultades en el hombre. Por tanto, como tú deseabas que lo hiciera, recurrí a todas mis fuerzas para dominarme, y hasta lo conseguí algunas semanas antes que tú me lo pidieras, adaptándome perfectamente a mis condiciones de vida. Ahora, un ramillete de orquídeas me da la ilusión de la opulencia y del esplendor solar, un fragmento de un muro pompeyano, con faunos y centauros, me transporta a mi añorada Italia[568].
Fluctuat nec mergitur[569]!
