Tótem y Tabú
Tótem y Tabú Creo adivinar la impresión de mis lectores, suponiendo que después de haber leÃdo estas citas no se encuentran más instruidos que antes sobre la naturaleza del tabú y el lugar que deben concederle entre sus conocimientos. Ello depende, desde luego, de la insuficiencia de mis informaciones, en las que he prescindido de todo lo referente a las relaciones del tabú con la superstición, la creencia en la inmortalidad del alma y la religión. Pero una exposición más detallada de aquello que sobre el tabú sabemos no habrÃa de servir sino para complicar más la cuestión, ya de por sà harto oscura. Dejaremos, pues, sentado que se trata de una serie de limitaciones a las que se someten los pueblos primitivos, ignorando sus razones y sin preocuparse siquiera de investigarlas, pero considerándolas como cosa natural y perfectamente convencidos de que su violación les atraerÃa los peores castigos. Existen relatos fidedignos de casos en los que la infracción involuntaria de alguna de estas prohibiciones ha sido seguida efectivamente de un castigo automático. AsÃ, el inocente malhechor que sin saberlo ha comido carne de un animal tabú, cae, al darse cuenta de su crimen, en una profunda depresión, da por segura su muerte en breve plazo y acaba realmente por morir. Las prohibiciones recaen en su mayorÃa sobre la absorción de alimentos, la realización de ciertos actos y la comunicación con ciertas personas. Determinados tabús nos parecen racionales, pues tienden a imponer abstenciones y privaciones. En cambio, otros recaen sobre nimiedades exentas de toda significación, y no podemos considerarlos sino como una especie de ceremonial. Todas estas prohibiciones parecen reposar sobre una teorÃa, según la cual dependerÃa su necesidad de la existencia de determinadas personas o cosas que entrañarÃan una fuerza peligrosa, transmisible por el contacto como un contagio. Algunas de ellas poseerÃan dicha fuerza en un grado mayor que otras, y el peligro serÃa directamente proporcional a la diferencia de tales cargas. Lo más singular de todo esto es que aquellos que tienen la desgracia de violar una de tales prohibiciones se convierten, a su vez, en prohibidos e interdictos, como si hubieran recibido la totalidad de la carga peligrosa. Esta fuerza es inherente a todas las personas que presentan alguna particularidad —los reyes, los sacerdotes, los recién nacidos—, y también a todos los estados excepcionales —la menstruación, el parto, la pubertad— o misteriosos —la enfermedad y la muerte— y a todo aquello que por la facultad de difusión y contagio queda relacionado con ellos.