Autobiografía
Autobiografía Mi hermano, Cecil Edward Chesterton, nació cuando yo tenía casi cinco años; tras una breve pausa, empezó a discutir y continuó discutiendo hasta el final, porque estoy seguro de que discutía enérgicamente con los soldados entre los que murió, en las gloriosas postrimerías de la Gran Guerra. Cuentan de mí que al decirme que tenía un hermano, lo primero que pensé fue en mi incansable afición a recitar versos, y respondí: «¡Qué bien!, ahora siempre tendré público». Si de verdad lo dije, me equivoqué. Mi hermano no estaba dispuesto, bajo ningún concepto, a ser simplemente mi público; con frecuencia era yo el obligado a hacer de público y con más frecuencia todavía sucedía que había dos oradores al mismo tiempo y ningún público. No dejamos de discutir en toda nuestra adolescencia y nuestra juventud, hasta convertirnos en una auténtica pesadilla para nuestro círculo social. Nos gritábamos de un lado a otro de la mesa, a propósito de Parnell, el puritanismo o la cabeza de Carlos I, hasta que los más próximos y queridos huían al vernos aparecer y sólo encontrábamos un enorme desierto alrededor. Aunque no resulta agradable recordar que éramos una pesadez tan espantosa, me alegra, por otra parte, que ventilásemos tan pronto nuestras opiniones sobre casi todo. Me alegra pensar que no dejamos de discutir en todos aquellos años y que no reñimos ni una sola vez.