La sabiduría del padre Brown

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El otro hombre no era tan alto, pero nadie lo habría podido llamar bajo, si quizá fuerte y bien parecido. Su cabello también era rizado, pero alisado y pegado a su sólida y maciza cabeza: el tipo de cabeza con la que se puede romper una puerta, como Chaucer dijo de la de Miller. Su bigote militar y la rectitud de sus hombros mostraban que era un soldado, pero tenía unos ojos azules penetrantes y de gran franqueza que son más comunes en los marinos. Su cara era cuadrada, su mandíbula era cuadrada, sus hombros eran cuadrados, incluso su chaqueta era cuadrada. En la salvaje escuela de la caricatura, Max Beerbohm lo había representado como una proposición en el cuarto libro de Euclides.

Pues también era un hombre público, aunque con otro tipo de éxito. No hacía falta pertenecer a la alta sociedad para haber oído hablar del capitán Cutler, del sitio de Hong Kong y de la gran marcha a través de China. No se podía evitar oír hablar de él en cualquier lugar; su retrato estaba en todas las postales; canciones en su honor se oían en los «music-halls» y en los organillos. Su fama, aunque probablemente más temporal, era diez veces más grande, popular y espontánea que la del otro hombre. En miles de hogares ingleses se le veneraba como a Nelson. Sin embargo, tenía infinitamente menos poder en Inglaterra que Sir Wilson Seymour.


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