La sabiduría del padre Brown

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»Ése es el aspecto que ofrece el asunto suponiendo que este Rian se dirigiese al lago Pilgrim para matar a Todd. Así me lo pareció hasta que otro pequeño descubrimiento despertó al detective que llevo en mi interior. Cuando me aseguré de que el prisionero no se podía escapar, recogí de nuevo mi bastón y recorrí el camino que lleva hasta una de las entradas a la propiedad de Todd, la más cercana al lago que da nombre al lugar. Hace dos horas, alrededor de las siete, la luz de la luna era más intensa y pude ver las franjas largas y blancas sobre la laguna misteriosa, con sus orillas grises, espesas y sucias en las que, según decían nuestros padres, solían pasear las brujas hasta el amanecer. He olvidado por completo lo que contaban, pero ya sabe a qué lugar me refiero; está situado al norte de la casa de Todd, hacia la espesura, y tiene tres árboles torcidos y arrugados, tan deprimentes que más parecen troncos muertos que follaje. Mientras contemplaba esa laguna repugnante, me pareció ver la figura de un hombre desplazándose desde la casa hacia la laguna, pero todo estaba demasiado oscuro y distante para verlo con certeza y advertir los detalles. Por lo demás, mi atención se desvió por algo mucho más cercano. Me agazapé detrás de la valla que se extendía a unos cientos de yardas de distancia de una de las alas de la gran mansión y que, afortunadamente, ofrecía espacios vacíos, como previstos para mirar sin ser visto. Se abrió una puerta en el edificio oscuro del ala izquierda, y apareció una figura ensombrecida por la luz interior, una figura embozada e inclinada hacia adelante, mirando hacia la profundidad de la noche. Cerró la puerta detrás de ella y vi que llevaba una linterna que arrojó un rayo de luz sobre el vestido y la figura del portador. Parecía tratarse de una mujer, envuelta en una capa rasgada y preocupada por no llamar la atención; había algo muy extraño en los harapos y en la precaución de una persona que venía de esas habitaciones cubiertas de oro. Tomó con cuidado el sendero serpenteante del jardín que la llevó a un lugar situado a unas cien yardas de donde yo me encontraba. Entonces se detuvo un instante sobre una loma de césped que daba al viscoso lago y balanceó deliberadamente la linterna tres veces, como si estuviera haciendo una señal. Cuando la balanceó por segunda vez un resplandor cayó sobre su rostro, un rostro que yo conocía. Estaba extremadamente pálido, y su cabeza estaba envuelta con un chal plebeyo, pero yo estoy seguro de que se trataba de Etta Todd, la hija del millonario.


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