La sabiduría del padre Brown
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El padre Brown no estaba para aventuras. Hacía poco que había caído enfermo por el exceso de trabajo y, cuando comenzó a recobrarse, su amigo Flambeau se lo llevó de crucero en un pequeño yate con Sir Cecil Fanshaw, un joven hacendado natural de Cornualles y un entusiasta del paisaje costero de su región. Pero Brown aún se sentía débil, no era un marinero muy feliz, y aunque nunca había sido ese tipo de persona que refunfuña o pierde el ánimo, su espíritu no superaba la paciencia y la amabilidad. Cuando los otros dos elogiaban el crepúsculo violeta o los despeñaderos volcánicos, él asentía. Cuando Flambeau señalaba una roca en forma de dragón, él la miraba y pensaba que se parecía a un dragón. Cuando Fanshaw indicaba mucho más excitado que una roca se parecía a Merlín, él la miraba y lo confirmaba. Cuando Flambeau preguntó si una entrada rocosa en un meandro del río podría ser la entrada al país de las hadas, él contestó que si. Escuchaba todas las cosas, ya fuesen importantes o triviales, con la misma indiferencia. Escuchó que la costa significaba la muerte para todos excepto para los marineros cuidadosos; también escuchó que el gato del barco estaba dormido. Escuchó que Fanshaw no podía encontrar por ninguna parte la boquilla de su cigarrillo, también escuchó cómo el piloto pronosticaba: «Dos ojos brillantes, vamos adelante; uno parpadea, nos vamos a pique». Escuchó cómo Flambeau le decía a Fanshaw que el piloto se refería, sin ninguna duda, a que debía mantener abiertos los ojos y permanecer alerta. Y escuchó cómo Fanshaw le decía a Flambeau que, por extraño que pareciese, no quería decir eso, sino que mientras vieran dos luces costeras, exactamente una al lado de la otra, se encontraban en la zona correcta del río, pero que si una de las luces quedaba oculta por la otra, se iban a las rocas. Escuchó cómo Fanshaw añadía que su país estaba lleno de extrañas leyendas y dichos raros, era el hogar de los romances; incluso opuso esa parte de Cornualles a Devonshire como pretendiente a los laureles de la marinería isabelina. Según él, habían existido capitanes entre esas calas e isletas, comparados con los cuales Drake había sido prácticamente un novato. Oyó cómo se reía Flambeau y cómo preguntaba si quizá la exclamación aventurera «¡hacia el oeste!» sólo significaba que los hombres de Devonshire deseaban vivir en Cornualles. Oyó cómo Fanshaw decía que no había necesidad de ser tan tonto, que no sólo los capitanes de Cornualles habían sido héroes, sino que aún lo eran, que cerca de ese lugar vivía un viejo almirante, ya retirado, que estaba marcado por emocionantes viajes llenos de aventuras y que en su juventud había encontrado el último grupo de ocho islas del Pacífico añadidas al mapa del mundo. Cecil Fanshaw era ese tipo de persona del que se apodera un entusiasmo desbordante pero agradable, un hombre muy joven, con el pelo fino, piel rosada y con un perfil aguileño; su espíritu era infantil y bravío, pero con una delicadeza casi femenina en el aspecto y en la piel. Los amplios hombros, las oscuras cejas y los negros mostachos de Flambeau representaban un gran contraste.
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