La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown En ese instante la figura monstruosa del jardinero se perfiló de nuevo contra el cielo sobre la verde loma con su barba flameante, haciendo señas a otros para que acudieran, pero ahora no hacía ondear un rastrillo sino un machete. Detrás de él aparecieron los dos negros, también con los viejos machetes curvos sacados del escudo de adorno. Pero en el resplandor rojo, con sus negros rostros y sus figuras amarillas, parecían diablos llevando instrumentos de tortura. Desde la penumbra del jardín, detrás de ellos, surgió una voz distante que trasmitía consignas. Cuando el sacerdote oyó esa voz, su semblante sufrió un cambio terrible. Pero permaneció tranquilo, y nunca apartó la mirada de la llama que había comenzado a extenderse, pero que se había contraído algo al entrar en contacto con el chorro de agua. Mantuvo su dedo en la boca de la manguera para poder dirigir el agua con precisión y no se preocupaba de nada más, percibiendo sólo por el ruido y el semiconciente rabillo del ojo los excitantes incidentes que comenzaban a ocurrir en el jardín de la isla. Dio dos instrucciones breves a sus amigos. Una fue: «Tumba a esos tipos como sea y átalos, hay cuerda allí abajo, junto a esa gavilla. Me quieren quitar mi preciosa manguera». Y la segunda: «Tan pronto como puedan llamen a la joven de la canoa, está en la otra orilla, con los gitanos. Pregúntenle si puede conseguir algunos cubos y llenarlos de agua». Luego cerró la boca y continuó regando la flor roja con menos consideración de la empleada con el tulipán rojo. No volvió la cabeza para mirar la extraña lucha que siguió entre amigos y enemigos del fuego misterioso. Casi sintió cómo temblaba la isla cuando Flambeau colisionó con el enorme jardinero; se limitó a imaginar cómo giraban a su alrededor durante la lucha. Oyó el estruendo de una caída, así como el resuello de triunfo de su amigo cuando arrojó al suelo al primer negro, así como los gritos de los dos negros cuando Flambeau y Fanshaw los ataron. La fuerza enorme de Flambeau hizo más que equiparar la lucha, especialmente cuando el cuarto hombre aún rondaba cerca de la casa como una sombra y una voz. También oyó el ruido del agua al ser golpeada por los remos de una canoa, la voz de la joven impartiendo órdenes, las voces de los gitanos respondiendo y acercándose, el ruido pesado de cubos vacíos al ser arrojados a la corriente y, finalmente, el ruido de muchos pies alrededor del fuego. Pero todo esto apenas significaba nada para él en comparación con el hecho de que el resplandor rojo, después de aumentar de tamaño, había vuelto a disminuir ligeramente.