La sabiduría del padre Brown

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–«Murió» -repitió Flambeau-, y eso es todo lo que podemos decir. Debe comprender que hacia el final de su vida comenzó a padecer de los nervios como resulta habitual en los tiranos. Aumentó considerablemente tanto la guardia diurna como la nocturna alrededor de su castillo hasta que parecía haber más garitas que casas en la ciudad, y los tipos considerados sospechosos fueron fusilados sin contemplaciones. Vivía prácticamente recluido en una habitación que estaba en el centro del enorme laberinto formado por todas las habitaciones e incluso en ella erigió una especie de cabina o armario, reforzado de acero, como una caja fuerte o un acorazado. Algunos dicen que debajo de ese habitáculo aún había un agujero secreto con el tamaño necesario para albergarle, asique, debido a la ansiedad por huir de la tumba, estaba dispuesto a introducirse en un espacio muy parecido. Pero fue más lejos. El populacho había sido desarmado desde la supresión de la revuelta, pero Otto insistió, como raras veces ha insistido un gobernante, en desarmarlo absolutamente. Ese desarme se llevó a cabo con una severidad extraordinaria, por oficiales bien organizados que inspeccionaron cada centímetro de un área pequeña y familiar. Hasta donde la fuerza humana y la ciencia pueden llegar, el príncipe Otto quedó convencido de que nadie podía portar una pistola, aunque fuese de juguete, en todo Heiligwaldenstein.


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