La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown El doctor Orion recorrió toda la longitud de sus estancias, limitadas, como dicen los niños en geografía, al este por el mar del Norte y al oeste por las series de anaqueles de su biblioteca sociológica y criminológica. Estaba vestido con una chaqueta de terciopelo, pero no con la negligencia de un artista; su pelo, moteado de canas, parecía abundante y saludable; su rostro era delgado, aunque sanguíneo y expectante. Todo en él y en su habitación indicaba algo al mismo tiempo rígido y desasosegado, como ese gran mar nórdico en el que (por puros principios de higiene) había edificado su hogar.
El destino, de buen humor, llamó a la puerta para introducir en una de esas salas largas y estrictas con vistas al mar a alguien que era lo más opuesto a ellas y a su dueño. En respuesta a una corta pero gentil invitación, la puerta se abrió; a continuación, una figura informe, que parecía encontrar su propio sombrero y paraguas tan inmanejables como un enorme equipaje, se internó en la habitación arrastrando los pies. El paraguas presentaba el aspecto de un envoltorio negro y prosaico lleno de cosidos; el sombrero era uno de esos sombreros negros y planos de clérigo, tan raros en Inglaterra; el hombre era la encarnación de todo lo que es sencillo e inofensivo.
