Cien años de soledad
Cien años de soledad —Esto traerá un cambio que no podemos ignorar —dijo Arcadio a su abuela Úrsula durante una cena. —No todo cambio es progreso, hijo —replicó ella—. Recuerda que las raÃces que se mueven demasiado pierden su lugar en la tierra.
Mientras tanto, Amaranta, la tÃa que nunca conoció el amor correspondido, tejÃa un sudario interminable. Su rencor y sus miedos se reflejaban en cada hilo, y su soledad era un eco constante en la casa.
—Nunca entenderán lo que significa ser olvidada mientras se sigue viva —dijo una noche, mirando a su sobrino Aureliano José, quien la escuchaba en silencio, sin saber cómo aliviar su dolor.
El esplendor de Macondo comenzó a mostrar grietas. La llegada de los forasteros trajo consigo conflictos entre el pueblo y la compañÃa. Las huelgas estallaron, y la tensión se convirtió en violencia. La familia BuendÃa, que una vez habÃa fundado el pueblo con sueños de grandeza, ahora se encontraba atrapada en una red de intereses que no podÃan controlar.
Aureliano, el coronel, regresó por breves momentos, con la mirada endurecida por las guerras y las derrotas que lo seguÃan como un espectro. Cuando Úrsula lo enfrentó, su voz fue un látigo. —¿De qué sirve todo esto, hijo? ¿De qué sirve ganar guerras si pierdes el alma?