Cien años de soledad
Cien años de soledad El esplendor de Macondo se desmoronaba, aunque aún persistía la apariencia de un pueblo vivo. Las calles estaban llenas de risas y mercados bulliciosos, pero bajo esa capa de luz se extendía una oscuridad implacable, como raíces podridas que nadie podía ver. La familia Buendía, una vez pilar del pueblo, comenzaba a fracturarse bajo el peso de sus secretos, rencores y tragedias personales.
Amaranta tejía su sudario con furia, como si al terminarlo sellara su destino. En su interior, luchaba con un odio y un amor no correspondidos, con recuerdos que se repetían como una canción maldita. Una tarde, mientras miraba el patio vacío, habló con Úrsula. —Siempre he creído que todo en esta familia está maldito. Que nacimos para ver el amor desde la distancia, sin poder tocarlo nunca. Úrsula, anciana pero aún fuerte, la observó desde su silla. —No somos malditos, Amaranta. Solo somos demasiado orgullosos para aceptar nuestras propias fallas.
