Cien años de soledad
Cien años de soledad Aureliano Segundo, agotado por la lucha, murió entre suspiros de resignación. Petra Cotes lloró en silencio, y Amaranta Úrsula tomó las riendas de una familia que ya no sabÃa cómo sobrevivir.
—Esta casa está muriendo —le dijo a su hermano menor una tarde, mientras recorrÃan los pasillos vacÃos. —Tal vez siempre estuvo muerta —respondió Aureliano, con una mirada que revelaba más de lo que sus palabras podÃan explicar.
El huracán que habÃa sido la vida de los BuendÃa ahora era un eco distante, y los fantasmas de las generaciones pasadas se manifestaban en cada rincón de la casa, en cada grieta de sus paredes. Pero en el aire pesado de Macondo, habÃa una sensación de algo inevitable, una tormenta que aún estaba por venir.
La muerte no solo se llevaba a los BuendÃa uno por uno; se llevaba su memoria, su historia, dejando solo fragmentos dispersos que parecÃan destinados a desaparecer para siempre.
La lluvia habÃa cesado, pero en lugar de traer esperanza, dejó a Macondo expuesto, como un cadáver bajo el sol. Las calles estaban desiertas, las casas caÃan en ruinas, y el aire cargaba con el olor agrio de la descomposición. La familia BuendÃa, antaño el alma del pueblo, era ahora un espectro que se desvanecÃa en la memoria colectiva.
