Doña Rosita la soltera

Doña Rosita la soltera

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AMA.—Allí encontró la rica que iba buscando y se casó, pero debió decirlo a tiempo. Porque ¿quién quiere ya a esta mujer? ¡Ya está pasada! Señora, ¿y no le podríamos mandar una carta envenenada, que se muriera de repente al recibirla?

TÍA.—¡Qué cosas! Ocho años lleva de matrimonio, y hasta el mes pasado no me escribió el canalla la verdad. Yo notaba algo en las cartas; los poderes que no venían, un aire dudoso... no se atrevía, pero al fin lo hizo. ¡Claro que después que su padre murió! Y esta criatura...

AMA.—¡Chist...!

TÍA.—Y recoge las dos orzas.

(Aparece ROSITA. Viene vestida de un rosa claro con moda del 1910. Entra peinada de bucles. Está muy avejentada.)

AMA.—¡Niña!

ROSITA.—¿Qué hacéis?

AMA.—Criticando un poquito. Y tú, ¿dónde vas?

ROSITA.—Voy al invernadero. ¿Se llevaron ya las macetas?

TÍA.—Quedan unas pocas.

(Sale ROSITA. Se limpian las lágrimas las dos mujeres.)

AMA.—¿Y ya está? ¿Usted sentada y yo sentada? ¿Y a morir tocan? ¿Y no hay ley? ¿Y no hay gárvilos para hacerlo polvo...?


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