Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera AMA.—No, señora. A mí las flores me huelen a niño muerto, o a profesión de monja, o a altar de iglesia. A cosas tristes. Donde esté una naranja o un buen membrillo, que se quiten las rosas del mundo. Pero aquí... rosas por la derecha, albahaca por la izquierda, anémonas, salvias, petunias y esas flores de ahora, de moda, los crisantemos, despeinados como unas cabezas de gitanillas. ¡Qué ganas tengo de ver plantados en este jardín un peral, un cerezo, un caqui!
TÍA.—¡Para comértelos!
AMA.—Como quien tiene boca... Como decían en mi pueblo:
La boca sirve para comer,
las piernas sirven para la danza,
y hay una cosa de la mujer...
(Se detiene y se acerca a la TÍA y lo dice bajo.)
TÍA.—¡Jesús! (Signando.)
AMA.—Son indecencias de los pueblos. (Signando.)
ROSITA.—(Entra rápida. Viene vestida de rosa con un traje del novecientos, mangas de jamón y adornos de cintas.) ¿Y mi sombrero? ¿Dónde está mi sombrero? ¡Ya han dado las treinta campanadas en San Luis!
AMA.—Yo lo dejé en la mesa.
ROSITA.—Pues no está. (Buscan.) (El AMA sale.)
TÍA.—¿Has mirado en el armario? (Sale la TÍA.)