Doña Rosita la soltera

Doña Rosita la soltera

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AMA.—¡Huuy! ¡Qué airazo entra por la ventana! ¡Huuy! ... ¿O será que me estoy volviendo sorda? Pues... ¿y las ganas que me entran de cantar? ¡Como los niños que salen del colegio! (Se oyen voces infantiles.) ¿Lo oye usted, señora? Mi señora, más señora que nunca. (La abraza.)

TÍA.—Oye.

AMA.—Voy a guisar. Una cazuela de jureles perfumada con hinojos.

TÍA.—¡Escucha!

AMA.—¡Y un monte nevado! Le voy a hacer un monte nevado con grageas de colores.

TÍA.—¡Pero, mujer!

AMA.—(A voces.) ¡Digo!... ¡Si está aquí don Martín! Don Martín, ¡adelante! ¡Vamos! Entretenga un poco a la señora.

(Sale rápida. Entra DON MARTÍN. Es un viejo con pelo rojo. Lleva una muleta con la que sostiene una pierna encogida. Tipo noble de gran dignidad, con un aire de tristeza definitiva.)

TÍA.—¡Dichosos los ojos!

MARTÍN.—¿Cuándo es la arrancada definitiva?

TÍA.—Hoy.

MARTÍN.—¡Que se le va a hacer!

TÍA.—La nueva casa no es esto. Pero tiene buenas vistas y un patinillo con dos higueras donde se pueden tener flores.


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