Yerma
Yerma Pude haberme casado con un tÃo tuyo. Pero ¡ca! Yo he sido una mujer de faldas en el aire, he ido flechada a la tajada de melón, a la fiesta, a la torta de azúcar. Muchas veces me he asomado de madrugada a la puerta creyendo oÃr música de bandurria que iba, que venÃa, pero era el aire. (RÃe.) Te vas a reÃr de mÃ. He tenido dos maridos, catorce hijos, seis murieron, y sin embargo no estoy triste y quisiera vivir mucho mas. Es lo que digo yo: las higueras, ¡cuánto duran!; las casas, ¡cuánto duran!; y sólo nosotras, las endemoniadas mujeres, nos hacemos polvo por cualquier cosa.
YERMA. Yo quisiera hacerle una pregunta.
VIEJA. ¿A ver? (La mira.) Ya sé lo que me vas a decir. De estas cosas no se puede decir palabra. (Se levanta.)
YERMA. (Deteniéndola.) ¿Por qué no? Me ha dado confianza el oÃrla hablar. Hace tiempo estoy deseando tener conversación con mujer Vieja. Porque yo quiero enterarme. SÃ. Usted me dirá...
VIEJA. ¿Qué?
YERMA. (Bajando la voz.) Lo que usted sabe. ¿Por qué estoy yo seca ? ¿Me he de quedar en plena vida para cuidar aves o poner cortinitas planchadas en mi ventanillo?
No. Usted me ha de decir lo que tengo que hacer, que yo haré lo que sea; aunque me mande clavarme agujas en el sitio más débil de mis ojos.