Yerma
Yerma YERMA. Y cada mujer la suya. No te pido yo que te quedes. Aquí tengo todo lo que necesito. Tus hermanas me guardan bien. Pan tierno y requesón y cordero asado como yo aquí, y pasto lleno de rocío tus ganados en el monte. Creo que puedes vivir en paz.
JUAN. Para vivir en paz se necesita estar tranquilo.
YERMA. ¿Y tú no estás?
JUAN. No estoy.
YERMA. Desvía la intención.
JUAN. ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?
YERMA. Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas.
Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no.
Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, mas reluciente, como si estuviera recién traída de la ciudad.
JUAN. Tú misma reconoces que llevo razón al quejarme. ¡Que tengo motivos para estar alerta!