Yerma
Yerma YERMA Pero tú no. Cuando nos casamos eras otro. Ahora tienes la cara blanca como si no te diera en ella el sol. A mà me gustarÃa que fueras al rÃo y nadaras, y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda. Veinticuatro meses llevamos casados y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés.
JUAN ¿Has acabado?
YERMA. (Levantándose.) No lo tomes a mal. Si yo estuviera enferma me gustarÃa que tú me cuidases. «Mi mujer está enferma: voy a matar este cordero para hacerle un buen guiso de carne. Mi mujer está enferma: voy a guardar esta enjundia de gallina para aliviar su pecho; voy a llevarle esta piel de oveja para guardar sus pies de la nieve.» Asà soy yo. Por eso te cuido.
JUAN. Y yo te lo agradezco.
YERMA. Pero no te dejas cuidar.
JUAN. Es que no tengo nada. Todas esas cosas son suposiciones tuyas. Trabajo mucho.
Cada año seré más viejo.
YERMA. Cada año... Tú y yo seguiremos aquà cada año...
JUAN (Sonriente.) Naturalmente. Y bien sosegados. Las cosa de la labor van bien, no tenemos hijos que gasten.
YERMA. No tenemos hijos... ¡Juan!
JUAN. Dime.
