Cranford
Cranford —En mi vida he estado allà —respondió lady Glenmire con marcado acento escocés pero con una voz muy dulce. Luego, como si temiera haber sido demasiado brusca, añadió—: Raramente Ãbamos a Londres; en realidad, sólo dos veces durante mi matrimonio; y antes de casarme, mi padre tenÃa una familia demasiado numerosa —(la quinta hija del señor Campbell estaba en nuestra mente, estoy segura)— para llevarnos lejos de casa, incluso a Edimburgo. ¿Han estado en Edimburgo, tal vez? —preguntó súbitamente animada por la esperanza de encontrar un interés común. Ninguna de nosotras habÃa ido nunca, pero un tÃo de la señorita Pole habÃa pasado una noche allà y le habÃa parecido muy agradable.
La señora Jamieson, entretanto, estaba absorta preguntándose por qué el señor Mulliner no traÃa el té; y finalmente expresó su inquietud con palabras.
—Será mejor tocar la campanilla, ¿no le parece, querida? —dijo lady Glenmire con energÃa.
—No, es mejor que no. A Mulliner no le gusta que le den prisas.