Cranford
Cranford Por la noche solíamos intercambiar estas fantasías entre cuchicheos, pero por la mañana la luz del día nos devolvía el valor y una semana más tarde nos habíamos recuperado de la impresión causada por la muerte de Carlo; todas excepto la señora Jamieson. Ella, pobrecita, la acusaba más que ninguna otra cosa desde la muerte de su esposo. En realidad, decía la señorita Pole, puesto que el honorable señor Jamieson empinaba bastante el codo y le ocasionaba muchos disgustos, era posible que la muerte de Carlo le hubiera causado aún una mayor aflicción. Los comentarios de la señorita Pole siempre estaban teñidos de cinismo, aunque una cosa era clara y cierta: la señora Jamieson necesitaba un cambio de aires. El señor Mulliner insistía mucho en este aspecto, meneando la cabeza siempre que le preguntábamos por su dueña y hablando de su falta de apetito y de las terribles noches que pasaba; y no le faltaba razón, pues el estado natural de salud de su ama se caracterizaba por dos cosas: su facilidad para comer y para dormir. Si había perdido el apetito y el sueño, era indiscutible que le fallaban el ánimo y la salud. A lady Glenmire (que sin duda sentía un gran afecto por Cranford) no le gustó la idea de que la señora Jamieson fuese a Cheltenham, y más de una vez insinuó con bastante claridad que era una maniobra del señor Mulliner, que se había alarmado demasiado con motivo del asalto a la casa y desde entonces había dicho más de una vez que tenía a su cargo una gran responsabilidad por tener que defender a tantas mujeres. Como quiera que fuera, la señora se fue a Cheltenham escoltada por el señor Mulliner y lady Glenmire se quedó en posesión de la casa con el manifiesto encargo de vigilar que las sirvientas no cogieran pretendientes. Era el suyo un papel de ogro de muy buen ver, y tan pronto como se dispuso su permanencia en Cranford, halló que la visita de la señora Jamieson a Cheltenham era lo mejor que le podía ocurrir en el mundo. Había dejado su casa de Edimburgo y en el presente no tenía ningún hogar, de modo que el encargo de cuidar de la cómoda vivienda de su cuñada le resultaba muy conveniente y aceptable.