Cranford

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Por la tarde, la señorita Pole fue a visitar a la señorita Matty para narrarle la andanza, la auténtica aventura que habían vivido en su paseo matinal. Desorientadas sobre el camino exacto que debían seguir a campo traviesa para dar con la anciana tejedora, se detuvieron en una pequeña posada que había al borde del camino que llevaba a Londres, a unas tres millas de Cranford. La posadera las invitó a sentarse a descansar mientras iba en busca de su marido, que podría dirigirlas mejor que ella. Mientras aguardaban en la sala de suelo pulido, entró una niña. Creyendo que era una familiar de la patrona, empezaron a charlar con ella, pero al volver la señora Roberts, les comentó que la pequeña era la hija única de un matrimonio alojado en la posada y acto seguido les relató una larga historia de la que lady Glenmire y la señorita Pole apenas pudieron sacar en limpio algunos datos decisivos. Unas seis semanas antes, un carruaje ligero montado sobre ballestas en el que viajaban dos hombres, una mujer y la niña había volcado delante mismo de su puerta. Uno de los hombres había resultado gravemente lesionado: sin fractura de huesos, sólo la «sacudida», como decía la patrona; sin embargo, debió de sufrir alguna herida interna grave, porque desde entonces había ido languideciendo y seguía en su casa, atendido por su mujer, la madre de la niña. La señorita Pole preguntó quién era y qué aspecto tenía. La señora Roberts respondió que no parecía un caballero, aunque tampoco una persona común; si no fuera porque tanto él como su esposa eran gente tan decente y tranquila, casi habría pensado que se trataba de un charlatán de feria o algo por el estilo, porque en el carricoche llevaban una gran arca llena de quién sabe qué. Ella misma los había ayudado a desempaquetar las cosas y a sacar la ropa interior y la de vestir cuando el otro hombre (su hermano gemelo, según creía) se había marchado con el caballo y el carruaje. En aquel punto, la señorita Pole empezó a sospechar y expresó su extrañeza por la desaparición del baúl, el carruaje, el caballo y todo lo demás. A la buena de la señora Roberts la indignó bastante la insinuación de la señorita Pole; en realidad, según puntualizó esta más tarde, se encolerizó tanto como si la hubieran llamado estafadora a ella. Consideró que la mejor manera de convencer a las damas era rogarles que fuesen a ver a la esposa, y, como dijo la señorita Pole, no se podía dudar del rostro sincero de la tez ajada y morena de aquella mujer, tan débil que a la primera palabra afectuosa de lady Glenmire estalló en un llanto incontenible, hasta que unas palabras de la patrona le hicieron reprimir los sollozos y testimoniar la generosidad cristiana del matrimonio Roberts. Los sentimientos de la señorita Pole dieron un giro y creyó la triste historia con la misma vehemencia con la que antes había mostrado su escepticismo, como lo prueba el hecho de que su energía a favor de la pobre víctima siguiera inmutable al descubrir que él era, nada más y nada menos, que nuestro signor Brunoni, a quien todo Cranford había atribuido toda clase de maldades durante las últimas seis semanas. ¡Sí! Su esposa nos dijo que su verdadero nombre era Samuel Brown —Sam, le llamaba ella—, pero nosotras decidimos llamarle el «signor» porque sonaba mucho mejor.


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