Cranford

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Cuando la señorita Pole se fue, la señorita Matty y yo estábamos tan arrobadas por la aventura matutina como ella misma. Pasamos la tarde entera hablando de lo mismo y dándole todas las vueltas posibles, y finalmente nos acostamos deseando que llegase pronto la mañana para que alguien nos informara del dictamen y las recomendaciones del señor Hoggins; porque como observó la señorita Matty, aunque el doctor dijera «¡Va la sota!» y «pref.» en vez de «preference», ella consideraba que era un hombre muy respetable y un médico muy inteligente. A decir verdad, estábamos muy orgullosas de tener un médico como él en Cranford y a menudo, cuando oíamos que la reina Adelaida o el duque de Wellington estaban enfermos, deseábamos que mandaran llamar al señor Hoggins. Aunque pensándolo mejor, nos alegrábamos de que no fuera así, porque si enfermásemos, ¿qué haríamos si al señor Hoggins lo hubieran nombrado médico de cabecera de la familia real? Como galeno nos sentíamos orgullosas de él, pero como hombre… mejor dicho, como caballero… no podíamos por menos que mover la cabeza con reprobación al oírle nombrar, deseando que hubiese leído las cartas de lord Chesterfield en aquellos momentos en que sus buenas maneras dejaban mucho que desear. En el caso del signor, no obstante, todas considerábamos su dictamen como infalible, y cuando anunció que con solicitud y cuidados probablemente se repondría, dejamos de preocuparnos por él. Sin embargo, aunque no había nada que temer, todas nos volcábamos como si hubiera un motivo para tal ansiedad, como era el caso antes de que el doctor Hoggins se hiciera cargo de él. La señorita Pole le buscó un alojamiento limpio y cómodo, si bien modesto; la señorita Matty le envió la litera, y antes de que saliera de Cranford, Martha y yo la aireamos bien, pusimos en su interior un calentador de cama lleno de ascuas, cerramos bien las ventanillas aunque se llenara de humo y así la llevaron hasta el Rising Sun. Lady Glenmire se hizo cargo del apartado farmacia bajo las directrices del doctor Hoggins, y con tal desenfado rebuscó entre frascos de medicinas, cucharas y mesillas de noche de la señora Jamieson, que la señorita Matty temía lo que aquella y el señor Mulliner dirían si se enteraban. Para que pudiera refrescarse al llegar a su alojamiento, la señora Forrester preparó un poco de su famoso budín de gelatina, que era la mejor muestra de afecto que esta podía ofrecer. Una vez la señorita Pole le pidió la receta y recibió una negativa tajante: no podía dársela a nadie mientras estuviera con vida, y a su muerte la dejaba en testamento a la señorita Matty, como descubrirían sus albaceas. Lo que la señorita Matty, o la señorita Matilda Jenkyns, como la llamaba la señora Forrester (recordando la cláusula del testamento y la solemnidad de la ocasión), decidiera hacer con la receta cuando obrase en su poder, hacerla pública o conservarla como un valor hereditario, ella ni lo sabía ni lo impondría. Y un molde de aquel budín de gelatina admirable, digestivo y excepcional fue enviado por la señora Forrester a nuestro pobre mago enfermo. ¿Quién dijo que la aristocracia es orgullosa? Una dama nacida con el apellido Tyrrell, descendiente del gran sir Walter, que disparó una flecha contra el rey Rufus, por cuyas venas corría la sangre del que asesinó a los infantes en la Torre de Londres, ¡yendo cada día a investigar qué suculentos platos podía preparar para Samuel Brown, un charlatán de feria! No se puede negar que era maravilloso ver los buenos sentimientos que aquel buen hombre despertaba en nosotras, y no menos sorprendente que el pánico que se había apoderado de Cranford, originado por su primera aparición vestido de turco, se desvaneciera en el aire con esta segunda visita, lívido y débil, con los ojos tristes y empañados que sólo se iluminaban levemente cuando se fijaban en el semblante de su fiel esposa, o en el de su pálida y afligida hija. Sea como fuere, todas olvidamos nuestros temores. Diría incluso que la constatación de que a aquel hombre, que con su destreza inaudita había despertado nuestra admiración por lo maravilloso, le fallaba una habilidad tan cotidiana como guiar un caballo asustadizo, nos hacía sentir que éramos nosotras mismas otra vez. La señorita Pole se presentaba con su canastilla a cualquier hora de la tarde, como si su casa solitaria y el camino transitado por el cual se llegaba a ella jamás hubieran estado infestados por la «banda asesina»; la señora Forrester afirmaba que ni Jenny ni ella pensaban en la mujer sin cabeza que lloraba y gemía en Darkness Lane porque tales seres jamás habían tenido poder para hacer daño a los que buenamente hacían lo que estaba en su mano; Jenny asentía temblorosa, pero la teoría de su ama influyó poco en la conducta de la sirvienta, que llegó a coserle dos tiras de franela roja en forma de cruz en la ropa interior.


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