Cranford
Cranford Estábamos todas demasiado preocupadas por la precaria salud del signor para hablar de robos y fantasmas. Lady Glenmire confesó que nunca había oído hablar de ningún robo verdadero, salvo los dos chiquillos que habían hurtado unas manzanas del huerto del granjero Benson y unos huevos que habían desaparecido de la parada de la viuda de Hayward un día de mercado; sin embargo, era esperar demasiado que reconociéramos que dos sucesos tan nimios eran la base de nuestro pánico. Al oír el comentario de lady Glenmire, la señorita Pole se irguió y dijo que «desearía poder estar de acuerdo con ella y admitir que nuestra alarma se había basado en tan insignificante razón, pero con el recuerdo del hombre disfrazado de mujer que había intentado entrar en su casa mientras sus cómplices esperaban fuera, con el conocimiento proporcionado por la propia lady Glenmire de las pisadas en los macizos de flores de la señora Jamieson, ante el hecho del audaz robo cometido en la persona del señor Hoggins en la misma puerta de su casa…». Lady Glenmire la interrumpió con expresión dubitativa de si esta última historia no era más que una fábula urdida a partir del hurto de un gato. Se ruborizó tanto al decir esto que no me sorprendió que la señorita Pole torciera el gesto y, de no haber sido lady Glenmire una «su señoría», sin duda habríamos oído una oposición más enérgica que aquellas «Sí, claro» y otras exclamaciones fragmentarias que fueron las únicas que se aventuró a decir en presencia de milady. Cuando se fue, sin embargo, la señorita Pole comenzó a felicitarse largamente de que ella y la señorita Matty hubieran logrado librarse del matrimonio, pues había observado que la gente se volvía crédula en grado sumo; en realidad, que una mujer no fuera capaz de eludir el matrimonio ya demostraba que era crédula por naturaleza; y respecto al comentario de lady Glenmire acerca del robo sufrido por el señor Hoggins, ahí teníamos una muestra de lo que era la gente cuando cedía a semejante debilidad. Era evidente que lady Glenmire podía tragarse cualquier cosa desde el momento en que se creía aquella historia absurda del pescuezo de añojo robado por el gato que el señor Hoggins había tratado de hacer creer a la señorita Pole; por suerte, ella estaba siempre alerta y ponía en tela de juicio las palabras de los hombres. Nos mostramos agradecidas, tal como quería la señorita Pole, por no habernos casado; pero diría que por lo menos dos de nosotras estábamos más contentas aún porque los ladrones se habían ido de Cranford. Por lo menos así me lo parece a juzgar por las consideraciones que aquella noche, sentadas junto a la lumbre, hizo la señorita Matty: un marido, sin ninguna duda, era un poderoso protector contra ladrones, salteadores y fantasmas; y añadió que le parecía aventurado prevenir constantemente a la juventud en contra del matrimonio como hacía siempre la señorita Pole; el matrimonio era un riesgo, qué duda cabía, según lo veía ahora que tenía cierta experiencia, pero recordaba muy bien la época en que deseaba casarse tanto como cualquier otra muchacha.