Cranford
Cranford Estábamos sentadas la señorita Matty y yo, como de costumbre; ella, en su sillón de chintz azul, de espaldas a la luz y la labor de punto en la mano, y yo leyendo el St. James’s Chronicle. Unos minutos más tarde iríamos a darnos los retoques en la ropa, como solíamos hacer siempre antes de la hora de visita (las doce) en Cranford. Recuerdo perfectamente la escena y la fecha. Habíamos estado hablando del rápido restablecimiento del signor desde la llegada del buen tiempo, alabando los conocimientos del señor Hoggins y lamentando su falta de refinamiento y de buenos modales (parece una curiosa coincidencia que habláramos de esto, pero así fue), cuando llamaron a la puerta —los tres golpes distintivos de una visita— y salimos corriendo (es un decir, porque la señorita Matty no podía andar deprisa por culpa de un ataque de reúma) hacia nuestros cuartos para cambiarnos gorras y cuellos. La señorita Pole, sin embargo, que en aquel momento subía la escalera, nos detuvo gritando:
—¡No se vayan! ¡No puedo esperar! Ya sé que no son las doce aún, pero tengo que hablar con ustedes. No me importa cómo vayan vestidas.