Cranford
Cranford Ninguna de las señoras de Cranford decidió aprobar la boda dando la enhorabuena a una de las dos partes. Preferíamos ignorar la situación hasta el regreso de nuestra soberana dama, la señora Jamieson. Antes de que ella nos diera la señal de partida, creíamos mejor considerar el compromiso de la misma manera que las piernas de la reina de España[32]: los hechos eran evidentes, pero cuanto menos se hablase de ellos, mejor. Cuando aquella restricción a nuestras lenguas (comprenderán que si no hablábamos de ello con las partes implicadas, ¿cómo íbamos a obtener respuestas a las preguntas que tanto ansiábamos hacer?) empezaba a parecernos fastidiosa y la idea que teníamos de la dignidad del silencio palidecía ante nuestra curiosidad, nuestros pensamientos tomaron otro rumbo gracias a que el tendero principal de Cranford, cuyas mercancías abarcaban desde comestibles y quesos hasta sombreros para caballero, anunció, tal como la situación requería, que había llegado la moda de primavera y la presentaría el martes siguiente en sus salones de High Street. Era lo que esperaba la señorita Matty para comprarse un vestido nuevo de seda. Yo me había comprometido, es cierto, a pedir muestras a Drumble, pero ella rechazó mi oferta dando a entender amablemente que no había olvidado su decepción por el turbante verdemar. Me alegré de estar presente en esa ocasión para contrarrestar la irresistible fascinación de una seda amarilla o escarlata.