Cranford
Cranford —Temo que, sea cual sea el que elija, desearé haber comprado otro —dijo vacilando—. ¡Qué carmesà tan hermoso! Debe de ser muy cálido en invierno. Claro que ahora viene la primavera. ¡Quién pudiera tener un vestido para cada estación! —exclamó bajando la voz como se hacÃa siempre en Cranford cuando alguien expresaba el deseo de tener algo que no estaba a su alcance—. Sin embargo, serÃa una molestia tener que cuidar de tantos vestidos, si los tuviese —prosiguió en un tono más fuerte y jovial—. Creo que me quedaré sólo con uno. Pero ¿cuál debo elegir, querida?
Ahora dudaba ante una tela lila con lunares amarillos mientras yo entresacaba otra de un discreto color verde salvia que pasaba desapercibida ante otros colores más brillantes, pero que, sin embargo, era una seda excelente en su modesta clase. Nuestro vecino atrajo nuestra atención. HabÃa elegido un chal que valÃa unos treinta chelines y su cara resplandecÃa de gozo al pensar la agradable sorpresa que proporcionarÃa a una Molly o a una Jenny de su casa. Tras sacar un portamonedas de piel del bolsillo de los pantalones, habÃa extendido un pagaré por valor de cinco soberanos en pago del chal y otros paquetes que acababan de traer del mostrador de los comestibles. Fue en ese momento que atrajo nuestra atención. El dependiente examinaba el pagaré con aire confuso y titubeante.