Cranford
Cranford Yo no tenía grandes réplicas que hacer. Mi corazón rebosaba de gratitud por sus nobles sentimientos más que de preocupación por expresarla en palabras, de modo que me limité a musitar que «comunicaría a mi padre lo que había dicho la señorita Pole y que si algo podía arreglarse a favor de la señorita Matty…». Aquí me abandonó la entereza por completo y tuvieron que reconfortarme con un vasito de vino de vellorita hasta que pude contener las lágrimas que había reprimido durante los dos o tres últimos días. Lo peor fue que todas las señoras empezaron a llorar al unísono, incluso la señorita Pole, quien mil veces había afirmado que revelar las emociones delante de otros era un signo de debilidad y falta de control, y cuando recobró la presencia de ánimo se le notaba cierto enfado impaciente contra mí por haber desatado la situación; creo que también estaba irritada porque no le había dado la réplica a su discurso. Si yo hubiera sabido de antemano lo que ella iba a decir y hubiera tenido en la mano una tarjeta donde estuvieran anotadas todas las emociones probables que podían despertarse en mi corazón, habría tratado de complacerla. No siendo así, le tocó hablar a la señora Forrester una vez hubimos recuperado la compostura.