Cranford
Cranford No voy a cansarlos con los detalles de todos los asuntos que tratamos; y la razón principal para no contarlos es que no comprendí lo que hacíamos y ahora no puedo recordarlo. La señorita Matty y yo permanecíamos sentadas aprobando cuentas, esquemas, informes y documentos de los que no creo que ninguna de las dos entendiera una palabra. Mi padre era un hombre lúcido y decidido, además de un experto negociante, y cuando hacíamos la más simple de las preguntas o dábamos muestras de la mínima falta de entendimiento, nos increpaba bruscamente: «¿Qué? ¿Qué? ¡Si está claro como el agua! ¿Cuál es la objeción?». Y puesto que no habíamos comprendido nada de lo que proponía, nos resultaba muy difícil perfilar nuestras objeciones; es más, ni siquiera estábamos convencidas de tener ninguna. De modo que la señorita Matty entró muy pronto en un estado de conformidad nerviosa y decía «Sí» y «Naturalmente» a cada pausa, viniera o no a cuento; pero cuando me sumé al recitado del «Decididamente» que la señorita Matty había pronunciado en un tembloroso tono dubitativo, mi padre se volvió hacia mí y me espetó: «¿Qué había que decidir?». Y puedo afirmar que aún hoy no lo sé, aunque para hacerle justicia, debo decir que había venido de Drumble para ayudar a la señorita Matty en un momento en que no podía perder el tiempo porque sus propios negocios pasaban por una situación delicada.