Cranford
Cranford PAZ EN CRANFORD
No sorprendió a nadie que el señor Peter llegara a ser tan querido en Cranford. Las señoras rivalizaban entre sí sobre cuál le admiraba más y no es de extrañar, pues sus vidas tranquilas se vieron agitadas hasta lo indecible con su venida de la India, en especial cuando el recién llegado les contaba aventuras más maravillosas que la de Simbad el marino. Como decía la señorita Pole, eran tan buenas como los cuentos de Las mil y una noches. Yo, por mi parte, que me había pasado la vida entre Drumble y Cranford, opinaba que las historias del señor Peter, aunque asombrosas, podían ser verídicas; pero cuando observé que si una noche nos tragábamos una anécdota de magnitud tolerable, la siguiente venía con una dosis considerablemente aumentada, comencé a ponerlo en tela de juicio, especialmente cuando me di cuenta que los relatos de la vida india eran más insulsos si su hermana se hallaba presente; no porque ella supiese más que nosotras, sino tal vez menos. Observé también que cuando el párroco venía de visita, el señor Peter hablaba de distinta manera acerca de los países en que había vivido, y no creo que las damas de Cranford le considerasen tan maravilloso viajero si sólo lo oyesen hablar en aquel tono tan apacible. Le preferían, sin duda, por ser lo que llamaban «tan oriental».
