Cranford
Cranford Poco tiempo después —aún durante mi larga estancia en casa de la señorita Matilda— se me presentó la oportunidad de ver al señor Holbrook; y no sólo eso, sino que presencié además el primer encuentro con su antiguo amor tras una separación de treinta o cuarenta años. Nos encontrábamos en la tienda y cuando intentaba ayudarla a decidir si entre el surtido de sedas de colores que acababan de recibir habrÃa alguna que combinara con una muselina de lana gris y negra que necesitaba más vuelo, entró un hombre alto y delgado con aspecto de don Quijote que pidió unos guantes de lana. Jamás lo habÃa visto (su aspecto era bastante impactante) y me dediqué a observarlo con atención mientras la señorita Matty escuchaba al dependiente. El forastero vestÃa una casaca azul con botones metálicos, calzones de color indefinido y polainas, y tamborileaba con los dedos sobre el mostrador mientras le atendÃan. Cuando respondió a la pregunta del vendedor: «¿En qué puedo tener el honor de servirle hoy, caballero?», y vi que la señorita Matilda se sobresaltaba y tomaba asiento precipitadamente, adiviné al instante quién era él. La señorita Matty habÃa pedido algo que estaba a cargo del otro dependiente. «La señorita Jenkyns desea el tafetán negro de dos chelines y dos peniques la yarda». El señor Holbrook captó el nombre y cruzó la tienda en dos zancadas.