Cuentos goticos
Cuentos goticos Pasaron los años; y Owen iba volviéndose más observador con la edad. En sus esporádicas visitas a casa (pues de la escuela había pasado a la universidad), advirtió que se había producido un gran cambio en las manifestaciones externas del carácter de su padre; y, poco a poco, fue atribuyendo ese cambio a la influencia de su madrastra, leve e imperceptible para el observador común, pero irresistible en sus efectos. El señor Griffiths captaba las opiniones propuestas humildemente por su esposa y las adoptaba como propias sin darse cuenta, evitando toda discusión u oposición. Lo mismo ocurría con sus deseos; obtenían satisfacción en virtud del arte singular y delicado con que se los sugería a su marido, que pasaba a creerlos propios. Ella sacrificaba la exhibición de autoridad por el poder. Por último, cuando Owen se percataba de algún abuso de su padre con sus subordinados, o de algún desaire gratuito a sus propios deseos, le parecía ver en ello la influencia oculta de su madrastra, por mucho que ella lamentara la injusticia de los actos de su marido cuando hablaba a solas con su hijastro. El señor Griffiths estaba perdiendo los hábitos moderados con rapidez, y la embriaguez frecuente no tardó en causar los efectos habituales en su carácter. Pero hasta en eso influía el hechizo de su esposa. Contenía la cólera en su presencia, pero ella conocía muy bien su temperamento irascible y lo encauzaba en una u otra dirección, con la misma aparente ignorancia de la tendencia de sus palabras.