Cuentos goticos

Cuentos goticos

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No habíamos dejado de llorar cuando llegaron los tutores y albaceas a arreglar las cosas. Eran lord Furnivall, el primo de mi pobre y joven señora, y el señor Esthwaite, el hermano de mi amo, un tendero de Manchester, no tan próspero entonces como lo sería luego y con muchos hijos que criar. ¡En fin! No sé si fue algo que acordaron ellos o si fue por una carta que escribió mi señora en el lecho de muerte a su primo, milord, pero lo cierto es que decidieron que la señorita Rosamond y yo teníamos que ir a Northumberland, a la mansión de los Furnivall, y milord habló como si hubiese sido deseo de su madre que la niña viviese con su familia, y como si él no tuviese ningún inconveniente, ya que una o dos personas no suponía nada en una casa tan grande. Y, bueno, aunque no era así como yo habría querido que se cuidase del futuro de mi inteligente y linda pequeña (que era como un rayo de sol en cualquier familia, por muy grande que fuese), me encantó que toda la gente del valle se quedase admirada al saber que yo iba ser la doncella de la señorita en la mansión Furnivall de milord Furnivall.






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