Cuentos goticos

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Milord me ordenó que preparase las cosas de la señorita Rosamond para un día determinado. Era un hombre serio y orgulloso, como dicen que eran todos los lord Furnivall; y nunca decía una palabra más de las necesarias. Contaban que había estado enamorado de mi señorita; pero ella sabía que el padre de él se opondría y nunca le había escuchado y se había casado con el señor Esthwaite; no lo sé. Lo cierto es que él no se casó nunca. Pero tampoco hizo nunca mucho caso a la señorita Rosamond, como supongo que habría hecho si hubiese querido a su difunta madre. Envió con nosotras a la mansión a aquel ayudante suyo, diciéndole que debía reunirse con él en Newcastle aquella misma noche; así que no hubo mucho tiempo para que nos presentara a todos los extraños antes de deshacerse también de nosotras; y nos dejaron solas a las dos en la vieja casa solariega, pobres criaturas (yo todavía no había cumplido los dieciocho años). Parece que fue ayer cuando llegamos. Habíamos salido de nuestra querida rectoría muy temprano y habíamos llorado las dos como si se nos partiera el corazón, aunque viajábamos en el carruaje de milord, que tan impresionante me parecía entonces. Y, bueno, bastante después del mediodía de un día de septiembre, paramos a cambiar de caballos por última vez en un pueblecito lleno de humo, de carbón y de mineros. La señorita Rosamond se había quedado dormida, pero el señor Henry me dijo que la despertara para que viera el parque de la mansión cuando llegamos. Me daba pena hacerlo, pero obedecí, por miedo a que se quejase de mí al señor. Habíamos dejado atrás todo rastro de población e incluso de aldeas, y habíamos cruzado las verjas de un parque enorme y agreste, no como los parques de aquí del sur, sino con peñas y el murmullo de arroyos, espinos nudosos y viejos robles, blancos y pelados por los años.


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