Cuentos goticos
Cuentos goticos —Va a caer una buena nevada —me dijo Agnes. Y, efectivamente, mientras estábamos en la iglesia, empezó a nevar con copos grandes, tanto que la nieve casi tapaba las ventanas. Dejó de nevar antes de que saliéramos, pero habÃa una capa de nieve blanda y densa y profunda cuando regresamos a casa. Antes de llegar, salió la luna, y creo que estaba más claro entonces (con la luna y con el blanco deslumbrante de la nieve) que cuando habÃamos ido a la iglesia entre las dos y las tres. No os he dicho que la señorita Furnivall y la señora Stark no iban nunca a la iglesia. SolÃan rezar juntas, a su modo lúgubre y silencioso; parecÃa que el domingo se les hacÃa muy largo sin poder ocuparse en su bordado. Asà que cuando fui a ver a Dorothy a la cocina, para recoger a la señorita Rosamond y llevarla arriba conmigo, no me extrañó nada que me dijera que las señoras se habÃan quedado con la niña, y no la habÃa llevado a la cocina como yo le habÃa dicho que hiciese cuando se cansase de portarse bien en el salón. Me quité, pues, la ropa de abrigo y fui a buscarla para llevarla a cenar a la habitación de los niños. Pero al entrar en el salón, allà estaban sentadas las dos señoras muy quietas y calladas, diciendo alguna palabra de vez en cuando, pero dando la impresión de que nada tan radiante y alegre como la señorita Rosamond hubiese estado jamás cerca de ellas. Pensé que a lo mejor se habÃa escondido para que no la viera, era uno de sus juegos, y que las habÃa convencido de que simularan que no sabÃan dónde estaba; asà que me puse a mirar silenciosamente debajo de un sofá, detrás de una silla, haciéndome la asustada porque no la encontraba.