Cuentos goticos
Cuentos goticos El señor era el padre de la señorita Furnivall (señorita Grace, como la llamaba Dorothy, porque la señorita Maude era la mayor y, por lo tanto, Furnivall por derecho[7]). Al señor le consumía el orgullo. No había hombre más orgulloso en el mundo; y sus hijas eran iguales que él. Nadie era lo bastante bueno para casarse con ellas, aunque tenían muchos pretendientes donde elegir, porque eran las beldades de su época, como yo había visto por los retratos del salón. Pero, como dice el proverbio, «La soberbia acabará abatida»; y aquellas dos bellezas altivas se enamoraron del mismo hombre, que no era más que un músico extranjero al que su padre había hecho venir de Londres para que tocara con él en la mansión. Porque el señor amaba la música por encima de todas las cosas, salvo a sí mismo. Sabía tocar casi todos los instrumentos conocidos; y era una cosa extraña porque la música no le ablandaba, era un viejo fiero y adusto que, según decían, le había destrozado el corazón a su pobre esposa con su crueldad. Estaba loco por la música y dispuesto a pagar lo que fuese por ella. Consiguió así que viniese aquel extranjero, un hombre que hacía una música tan bella que decían que hasta los pájaros dejaban de cantar en los árboles para escucharla. Y, poco a poco, aquel extranjero consiguió tanto ascendiente sobre el señor que no había año que este no le hiciese venir; y fue él quien hizo traer de Holanda el gran órgano e instalarlo donde estaba en el vestíbulo, y quien enseñó al señor a tocarlo. Pero sucedía a menudo que, mientras lord Furnivall no pensaba más que en su excelente órgano y en su música aún más excelente, el extranjero moreno se dedicaba a pasear por el bosque con las señoritas; unas veces con la señorita Maude y otras con la señorita Grace.