Hijas y esposas

Hijas y esposas

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DESPUÉS de la gripe, la señora Gibson tardó bastante en recuperar las fuerzas, y mucho antes de que se encontrara lo bastante bien para aceptar la invitación de lady Harriet, Cynthia volvió de Londres. Si Molly había creído que al marcharse la habría tratado de una forma poco afectuosa y considerada, si tal pensamiento llegó a cruzar por un momento su cabeza, se arrepintió nada más verla regresar, y las dos muchachas se saludaron con el mismo afecto de siempre, subieron a la salita con las manos entrelazando sus respectivas cinturas y se sentaron una al lado de la otra sin soltarse la mano. A Cynthia se la veía más serena que antes, cuando pesaba en su espíritu la carga de aquel odioso secreto, y se mostraba triste unas veces, frívola otras.

—En fin —dijo—, es muy agradable estar de nuevo en casa. Pero ¡ojalá te viera con más fuerzas, mamá! Tu aspecto es lo único que me entristece. Molly, ¿por qué no me dijiste que volviera?

—Quise hacerlo —comenzó a decir Molly.

—Pero yo no la dejé —exclamó la señora Gibson—. Estabas mucho mejor en Londres que aquí, porque no me habrías servido de nada; y tus cartas me servían de consuelo; y, ahora que Helen está mejor, y yo casi recuperada, has llegado en el momento más oportuno, pues todo el mundo habla ya del Baile Benéfico.


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