Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Papá —le levantó el dedo como si le lanzara una advertencia—, otra vez te estás poniendo misterioso, y aunque soy una persona muy honorable, no pienso prometerte renunciar a mi curiosidad si sigues dando a entender que guardas algún secreto.

—Ve y gástate tus diez libras. ¿Para qué te las he dado, si no es para comprar tu silencio?

Las existencias de la señorita Rose y el gusto de Molly no combinaron con gran éxito. Se compró un estampado color lila porque la tela no se descoloría y sería fresco y agradable por las mañanas; y Betty podría coser el vestido en casa antes del sábado. Y para las tardes y los días de fiesta, la señorita Rose la convenció de que encargara una seda ligera a cuadros, en alegres colores, que, le aseguró, era la última moda en Londres, y que Molly pensó que agradaría a la sangre escocesa de su padre. Pero, cuando éste vio la muestra que trajeron a casa, se puso a gritar que esos cuadros no pertenecían a ningún clan, y que Molly tendría que haberse dado cuenta por instinto. Ya era demasiado tarde para cambiarlo, pues la señorita Rose había prometido cortar el vestido en cuando Molly saliera por la puerta.



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