Hijas y esposas

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LV

Y ya acababa junio; y entre la reiterada insistencia con que Molly y su padre la empujaban, y la cariñosa persistencia con que el señor y la señora Kirkpatrick tiraban de ella, Cynthia aceptó regresar a Londres para seguir su interrumpida estancia, aunque no antes de que su repentino regreso para cuidar de Molly le hubiera granjeado el favor de la fluctuante opinión de los habitantes de Hollingford. Su asunto con el señor Preston había sido olvidado, y ahora todos hablaban de su afectuoso corazón. A la luz de la recuperación de Molly, todo adquiría un matiz color de rosa, pues era, además, la época en que las rosas comenzaban a florecer.

Una mañana, la señora Gibson le trajo a Molly una gran cesta de flores que acababan de enviar de Hamley Hall. La muchacha había desayunado en la cama, y acababa de bajar, y se sentía lo bastante bien para colocar las flores en el salón, y mientras lo hacía, las iba comentando una por una.

—¡Ah, estas rosas blancas! Eran las favoritas de la señora Hamley; le gustaban tanto. Esta gavanza perfuma toda la habitación. Me he pinchado los dedos, pero me da igual. ¡Oh, mamá, mira esta rosa! He olvidado cómo se llama, pero es muy rara, y crece en la esquina cubierta del muro, cerca de la morera. Roger le compró el árbol a su madre con su propio dinero cuando era un muchacho; él me lo enseñó.


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