Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Menuda pieza es esta tal señora Gibson. Sabe que es muy poco probable que el señor Roger Hamley herede las tierras de su padre, y envía a Molly de visita… —Y ya no oyó nada más. Molly estuvo a punto de echarse a llorar, sabiendo a ciencia cierta a qué se refería la señora Goodenough: a lo incorrecto que era que fuera a pasar unos días a Hamley Hall estando Roger en casa. Sin duda la señora Goodenough era una persona vulgar, nada refinada. La señora Gibson no parecía haber reparado en ese detalle. Y al señor Gibson le parecía lo más natural del mundo que Molly siguiera yendo a Hamley Hall igual que antes. La franqueza con que se lo había propuesto Roger dejaba bien claro que ni se le había ocurrido pensar que hubiera nada incorrecto en esa visita, cuya perspectiva tan feliz la había hecho hasta ese momento. Molly se decía que nunca podría hablar con nadie de la idea que había impreso en su mente las palabras de la señora Goodenough; como si no pudiera ser la primera en sugerir lo incorrecto de aquella visita, pues eso presuponía algo que la hacía ruborizarse sólo de pensarlo. Intentó consolarse con el siguiente razonamiento: si hubiera algo malo en la visita, o atrevido, o inelegante, o mínimamente incorrecto, ¿acaso su padre no habría sido el primero en vetarla? Pero, después de las fantasías que habían despertado las palabras de la señora Goodenough razonar era más bien inútil. No obstante, cuanto más intentaba quitarse esas fantasías de la cabeza, con más fuerza regresaban. Quizá nos haga sonreír la descripción de las tristezas de una joven; pero para ella son reales y fuente de gran tormento. Lo único que podía hacer era intentar paliar los sufrimientos del señor Hamley; curar las heridas que pudieran haberse abierto entre él y Aimée; y… hacerle el menor caso posible a Roger. ¡El bueno de Roger! ¡El amable Roger! ¡El querido Roger! Qué difícil sería evitarle sin mostrarse descortés; pero sería lo correcto; y cuando estuviera con él tenía que portarse con la máxima naturalidad posible, o él se daría cuenta de que algo ocurría; pero ¿qué se podía considerar «naturalidad»? ¿Hasta qué punto debía evitar estar con él? ¿Se daría cuenta de que ella le evitaba, de que medía más sus palabras? ¡Ah, aquella franca relación se echaría del todo a perder! Molly se dictó una serie de normas; decidió entregarse en cuerpo y alma al señor Hamley y a Aimée y olvidar las necias palabras de la señora Goodenough; pero su perfecta libertad había desaparecido; y con ella la mitad de su espontaneidad; es decir, quien no la conociera de antes la habría encontrado muy poco espontánea, probablemente estirada y torpe, propensa a decir cosas de las que enseguida se retractara. Pero tan distinta era de la Molly de siempre que Roger observó el cambio en cuanto llegó a Hamley Hall. Ella había calculado cuidadosamente los días que iba a quedarse; exactamente los mismos que había pasado en las Towers. Temía que el señor hidalgo se enfadara si se quedara menos. Pero ¡qué delicioso se veía aquel lugar cuando llegó, a la luz de principios de otoño! Y ahí estaba Roger, en la puerta del vestíbulo, esperándola para darle la bienvenida. Y luego se retiró, al parecer para ir a buscar a su cuñada, que asomó tímidamente, vestida de riguroso luto, llevando al niño en brazos casi para protegerla de su timidez; pero el niño se soltó y fue corriendo hasta el carruaje, deseoso de saludar a su amigo el cochero y de que éste le prometiera llevarle a dar una vuelta. Roger no dijo gran cosa: quería que Aimée se diera cuenta de que era hija de la casa, pero ella estaba demasiado cohibida para decir gran cosa. Y lo único que hizo fue coger de la mano a Molly y conducirla a la sala de estar, donde, como guiada por un repentino impulso de gratitud por el cariño con que la había cuidado durante su enfermedad, la rodeó con los brazos y empezó a besarla profusamente. Y después de eso se hicieron amigas.


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